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Words: 97688 in 42 pages

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all? hay ? deja de haber no es para preguntado. Pero hablemos de tu viaje. ?Cu?l ser? tu primera etapa?

--La casa de mi hermano en Munster. No s?lo deseo conocerlo, sino que los informes desfavorables que siempre he tenido de su car?cter y m?todo de vida me parecen una raz?n m?s para intentar reformarlo y atraerlo al buen camino.

El abad movi? la cabeza negativamente.

--Pronto se echa de ver tu inexperiencia. La mala reputaci?n del arrendador de Munster data de antiguo, y quiera Dios que no sea ?l quien logre apartarte del buen camino que has seguido hasta ahora. Pero ya vivas con ?l ya te lleve la suerte por otros rumbos, desconf?a sobre todo de los falsos atractivos y de las artes de la mujer, el mayor peligro que amenaza ? los hombres de tu edad y sobre todo ? los que como t? no han encontrado jam?s en su camino ? ese enemigo de nuestra tranquilidad. Adi?s, hijo m?o. Abr?zame y recibe la bendici?n del cielo que invoco sobre tu cabeza. Encomi?ndote tambi?n fervientemente al glorioso San Juli?n, patr?n de los viajeros. Sea tu vida cristiana y feliz.

Penosa fu? la despedida de aquellos dos hombres, el uno animado por el cari?o paternal que profesaba al hu?rfano y el otro por su gratitud infinita hacia el bondadoso protector de toda su vida. Hac?a m?s dura su separaci?n la idea que ambos ten?an formada del mundo, al que consideraban desde su tranquilo refugio como centro de iniquidades, peligros y rencores. Los monjes y novicios que no hab?an salido ? sus quehaceres esperaban ? Roger en el p?rtico, donde se despidieron de ?l con efusi?n, pues de todos era grandemente apreciado. Tambi?n le hicieron algunos regalos; un peque?o crucifijo de marfil, un libro de oraciones y un cuadrito que representaba la Degollaci?n de los Inocentes, art?sticamente ejecutado en pergamino. Todos aquellos recuerdos de sus cari?osos amigos quedaron pronto bien acondicionados en el zurr?n, sobre el cual el previsor hermano Atanasio coloc? tambi?n un paquete que recomend? mucho ? Roger y que seg?n descubri? ?ste despu?s, conten?a una hogaza de pan blanco, un magn?fico queso y una botella de buen vino.

P?sose por fin en camino el conmovido joven, en cuyos o?dos resonaban las bendiciones y las frases de despedida de los bondadosos monjes. Al llegar ? una altura vecina se detuvo para contemplar por ?ltima vez aquellos lugares en los que se hab?a deslizado su vida tranquila y dichosa. All? el obscuro y monumental edificio de la abad?a, la residencia de Fray Diego, con su capilla adjunta, los jardines y huertos, iluminado todo ello por un sol espl?ndido. M?s all? la anchurosa r?a del Lande, el vetusto pozo de piedra, la capilla de la Virgen y en la esplanada frente al convento el grupo de blancos h?bitos, aquellos amigos de su adolescencia, que al verle detenido renovaron sus saludos.

Dos l?grimas surcaron las mejillas de Roger, que suspir? profundamente y volvi? ? emprender su jornada.

DE C?MO TRIST?N DE HORLA DEJ? AL BATANERO EN PERNETAS

Caso muy raro ser?a que un joven de veinte a?os, lleno de salud y vida, dedicase las primeras horas de absoluta independencia gozadas desde la infancia ? llorar la celda de su convento y la disciplina del claustro. Sucedi?, pues, que la emoci?n de Roger fu? poco duradera y que aun antes de perder de vista ? Belmonte recobr? la alegr?a propia de sus a?os y pudo apreciar en toda su belleza los primores del paisaje. Era una tarde hermos?sima; los rayos del sol ca?an oblicuamente sobre los frondosos ?rboles, trazando en el camino arabescos de sombras, alternados con anchas franjas doradas. Entre los ?rboles y en cuanto alcanzaba la vista, tupidos arbustos, amarilleando algunos al soplo del oto?o. Al perfume de las flores se un?an las gratas emanaciones resinosas de los pinares y s?lo el rumor de claros arroyuelos interrump?a de cuando en cuando el murmullo de la brisa entre las ramas y el canto de los p?jaros.

Pero aquella soledad y quietud de los campos eran s?lo aparentes. La vida se desarrollaba vigorosa y activa en ellos y en los vecinos bosques. Insectos de brillantes colores zumbaban en torno de hojas y flores; juguetonas ardillas suspend?an sus escarceos para mirar al ins?lito caminante desde lo alto de las ramas, y ya se o?a el gru?ido del fiero jabal? en el matorral, ya el roce de las hojas secas pisadas por el gamo, que hu?a ? todo correr.

No tard? el risue?o caminante en dejar muy atr?s ? Belmonte y sus verdes praderas y de aqu? que fuera mayor su sorpresa al divisar sentado en una piedra junto al camino ? uno al parecer religioso de aquella comunidad, ? juzgar por los blancos h?bitos que vest?a. Pero al acercarse not? Roger que el rostro del fraile, desapacible y coloradote, le era totalmente desconocido y que por sus ademanes y la expresi?n dolorida del semblante m?s parec?a caminante desbalijado que otra cosa. De pronto le vi? incorporarse y correr camino arriba, recogiendo y levantando con ambas manos el sayal, lo menos dos palmos m?s largo de lo que ped?a el cuerpo bajo y rechoncho del desconocido. Pero no tard? ?ste en detenerse, resoplando como si le faltara el aliento y acabando por dejarse caer sobre la hierba. Roger se dirigi? hacia ?l apresuradamente y el otro le pregunt?:

--?Conoc?is, buen amigo, la abad?a de Belmonte?


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