bell notificationshomepageloginedit profileclubsdmBox

Read Ebook: Los pescadores de Trépang by Salgari Emilio

More about this book

Font size:

Background color:

Text color:

Add to tbrJar First Page Next Page Prev Page

Ebook has 1943 lines and 48110 words, and 39 pages

--Y yo no me quedar? atr?s, y pelear? a tu lado--dijo Hans, empin?ndose para parecer m?s alto.

La chalupa de los pescadores volv?a otra vez a la orilla, cargada de moluscos.

Aquella primera jornada fu? tan feliz, que de seguro hab?a producido m?s de 500 pesos, suma considerable habido en cuenta el poco trabajo invertido en ganarlos.

Van-Stael no pod?a estar m?s satisfecho. Si la campa?a segu?a como hab?a comenzado, en pocas semanas pod?a dejar aquellas peligrosas playas, llev?ndose un cargamento casi completo.

No pudi?ndose transportar los moluscos a bordo, pues ten?an que estar alg?n tiempo al aire libre para que se secaran antes de amontonarlos en el sollado, se armaron tiendas en la playa para refugio de los hombres de guardia.

Los chinos, que tem?an una irrupci?n de compatriotas del prisionero, se resist?an al principio, prefiriendo dormir en el junco, donde estaban seguros; pero el Capit?n hizo que desembarcaran las dos lantacas, y les prometi? adem?s que los acompa?ar?an ?l mismo, uno de sus sobrinos y el viejo Van-Horn, con lo cual les persuadi? a quedarse.

Van-Stael y el marinero, que no estaban muy tranquilos, pues sab?an que los australianos aguardan a la noche para atacar, hicieron fortificar el campamento con una cerca de piedras y fragmentos de coral, y dispusieron que el junco se acercara a la playa para poder embarcarse en caso de peligro.

Aquellas precauciones resultaron, por fortuna, in?tiles. La primera noche que pasaron en las playas del continente australiano transcurri? en calma, a pesar de las amenazas del antrop?fago.

S?lo los l?gubres aullidos de los dingos turbaron el silencio que reinaba en el campamento.

Hab?an pasado cinco d?as. Ning?n suceso extraordinario hab?a venido a turbar los trabajos de la tripulaci?n del junco; la pesca segu?a siendo abundante, y parec?a que aquella bah?a, desconocida de los otros pescadores, era inagotable, pues los moluscos segu?an siendo abundant?simos, a pesar de la persecuci?n de que eran objeto.

Para nada los hab?an molestados los salvajes hasta entonces, ni hab?an dado siquiera se?ales de vida.

El Capit?n y los dos j?venes, para tranquilizar m?s a los chinos, que no acababan de perder el miedo, hab?an explorado un largo trecho de la costa, sin descubrir a ning?n australiano. Van-Horn se intern? unas cuantas leguas en la pen?nsula, en una excursi?n que hizo, y s?lo hall? bandadas de cacat?as y de papagayos o huellas de alg?n que otro kanguro o casoar.

As? lo supon?an el Capit?n y sus compa?eros, por m?s que el prisionero, que segu?a en la estiba atado fuertemente de pies y manos, se obstinase en hacer creer lo contrario, amenaz?ndoles con que sus s?bditos exterminar?an a toda la tripulaci?n.

La sexta noche, cuando ya todos estaban seguros de no ser importunados, ocurri? un suceso inesperado, que les inquiet? sobremanera.

Mientras los pescadores descansaban tranquilamente en las tiendas, los hombres de guardia, que velaban alrededor de las fornallas, distinguieron, hacia las tres de la ma?ana, una luz en una altura, como a tres millas de la costa.

No estaba fija ni presentaba constantemente igual aspecto, sino que cambiaba de posici?n y de dimensiones, ora agrand?ndose desmesuradamente, ora achic?ndose hasta desaparecer casi.

Alarm?ronse los chinos, que desde cinco d?as antes estaban intranquilos, temi?ndose un asalto. Todos se pusieron al momento en pie, y hubo unos cuantos que se apresuraron a acercarse a las chalupas, que estaban atadas en la playa.

El Capit?n y Cornelio, que dorm?an en una tienda, mientras Hans y Van-Horn se hab?an quedado en el junco, fueron bien pronto advertidos del hecho.

--?Se tratar? de una se?al?--pregunt? el joven.

--Me lo temo, Cornelio--respondi? el Capit?n, que miraba con atenci?n aquel fuego.

--?Dirigida a qui?n?

--Sin duda a alguna tribu.

--Y ?no ser? a nuestro prisionero? Ellos tal vez ignoran que est? en nuestras manos.

--Tu idea no me parece infundada.

--?Se dispondr?n a atacarnos?

--?Qui?n sabe! ?Oyes t? algo?

--No, t?o.

--?Tienes miedo?

--?Miedo?... ?No, t?o!...

--Toma el fusil, y vamos a ver.

--?Vas a ir hasta all??

--No; pero quiero explorar los contornos para asegurarme de que no hay nadie y tranquilizar a nuestros chinos. Si estos cobardes se amedrentan nos estropear?n nuestro negocio de la pesca.

--?Y Van-Horn?

--Se quedar? aqu? con Hans, para evitar que los chinos huyan.

--Vamos, t?o; mi fusil est? cargado.

Van-Stael mand? avisar al viejo Van-Horn lo que ocurr?a y luego se encamin? a las rocas que circundaban la bah?a, seguido del joven, que no daba las menores muestras de miedo.

Hab?ase puesto la luna hac?a algunas horas, y la noche estaba obscur?sima; pero el misterioso fuego, que segu?a brillando en la altura, bastaba para guiarles, sin temor de extraviarse.

Avanzando cautelosamente para no caer en alguna emboscada, el Capit?n y Cornelio llegaron bien pronto al pie de las primeras rocas, y las escalaron con no poco trabajo, por ser muy escarpadas. Echaron una ojeada desde la cima a la vertiente opuesta. Extend?ase ante ellos un peque?o llano ligeramente ondulado, con algunos grupos de ?rboles esparcidos ac? y all?. Como a dos millas hacia el Este comenzaba otra vez a levantarse el terreno, formando como un semic?rculo en torno del llano.

Segu?a vi?ndose el fuego en la cima m?s alta. En aquel momento era extenso y muy vivo, pareciendo que lo produc?an ?rboles o malezas ardiendo.

--?Ves algo?--pregunt? el Capit?n al joven.

--Me parece distinguir hombres movi?ndose ante aquella cortina de llamas--respondi? Cornelio.

--Yo tambi?n percibo sombras obscuras que se mueven.

--?Ser?n salvajes o monos?

--En Australia no hay monos, y adem?s estos animales no saben encender fuego. ?Oyes algo?

--?Intentar?n acaso asustarnos estos salvajes?--dijo Van-Stael--. ?Pues buen chasco se llevan si piensan que vamos a marcharnos de aqu? antes de acabar la campa?a de la pesca! Porque si nos atacan estoy decidido a hacerles frente.

--?Qu? hacemos ahora, t?o?

--Seguir adelante. Es preciso demostrarles a estos can?bales que no les tenemos miedo.

--Estoy dispuesto a seguirte.

--Te advierto que tal vez tengamos que disparar los fusiles.

--Ya sabes que soy buen tirador.

--Lo s?; eres el m?s h?bil de todos nosotros. ?Vamos, querido sobrino!

Add to tbrJar First Page Next Page Prev Page

 

Back to top