Read Ebook: Los pescadores de Trépang by Salgari Emilio
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Ebook has 1943 lines and 48110 words, and 39 pages
antes, se?or salvaje--dijo el Capit?n, avanzando hacia ?l--, qu? es lo que pretendes.
El australiano, que se manten?a inm?vil empu?ando su chuzo, al ver al Capit?n acercarse, se golpe? con la mano izquierda el vientre, que reson? como un tambor.
--?Qu? apetito!--exclam? Hans.
--No hay que maravillarse, sobrino m?o. Estos salvajes del continente australiano est?n toda la vida luchando con el hambre, y pasan por largu?simos ayunos.
--Pero ?no se producen en Australia frutales?
--S?lo ?rboles de goma. Y te advierto que, cultivadas, todas las plantas de Europa dan aqu? fabulosas cosechas; s?lo que estos salvajes desprecian la agricultura y s?lo viven de la caza.
--?Y abundan los cuadr?pedos y las aves?
--?Comen, pues, mucho?
--?Quieto, monazo! ?Suelta eso o te estrangulo!
El australiano, al verse defraudado en sus prop?sitos, se puso en pie, con adem?n amenazador.
--Pero ?qu? mamarracho eres!--le dijo el marinero riendo.
--?Ten cuidado, Van-Horn!--dijo el Capit?n--. Estos salvajes son traidores.
--Le romper? el chuzo en las espaldas, se?or Van-Stael.
Iba a lanzarse sobre el australiano para desarmarle; pero ?ste salt? hacia atr?s, diciendo en un lenguaje mixto de ingl?s y de malayo:
--?Y yo te digo que si no te vas, te echo a puntapi?s, antrop?fago!--dijo el marinero, levantando el fusil--. ?Me has comprendido?
El australiano, que no deb?a ignorar el efecto de las armas de fuego, retrocedi? precipitadamente, y, plantando con resoluci?n el chuzo en la arena, dijo:
--Pronto nos volveremos a ver.
Despu?s, dando un gran salto, se alej? a toda prisa, desapareciendo detr?s de las rocas que rodeaban la bah?a.
-?Que te devoren los perros salvajes!--le grit? Van-Horn.
--?Volver??--pregunt? Cornelio.
--Es probable--respondi? el Capit?n, que se hab?a quedado pensativo--. Ese salvaje procurar? jugarnos alguna mala pasada; pero estaremos sobre aviso, y al primer indicio de peligro nos refugiaremos en el junco.
--?Habr? alguna tribu por estos contornos?
--Creo que esta costa es demasiado est?ril para alimentar a una tribu entera; pero en el interior de la pen?nsula, los salvajes no deben faltar.
--?Son valientes?
--Cuando los espolea el hambre, s?. Han exterminado y devorado las tripulaciones de algunos barcos. Hay que vigilar mucho y no dejar que ninguno se acerque sin nuestro permiso.
Hab?an pasado dos horas, durante las cuales aportaron los pescadores dos cargas m?s de moluscos, esta vez de la especie m?s codiciada, cuando el salvaje de antes volvi? a presentarse.
Ven?a solo, como la vez anterior, pero horriblemente transformado. Se le hubiera cre?do un esqueleto animado de vida, pues se hab?a pintado con tierra amarilla, una especie de ocre, sin duda, las costillas y los huesos.
No iba armado; pero en la mano, pendiente de un bast?n, llevaba un trozo de corteza de ?rbol, de un color y forma particular.
Los chinos, al ver aquel extra?o emblema, palidecieron, murmurando:
--?Ah, tunante!--exclam? Van-Horn--. ?Otra vez vuelves?... ?Eres audaz, monazo!
--Y se presenta a nosotros con la pintura--dijo el Capit?n.
--Pero ?qu? significa esa l?gubre pintura?--pregunt? Cornelio.
--Es su atav?o de guerra--respondi? el Capit?n.
--?Y ese trozo de corteza de ?rbol?
--?Y ese pillo se atreve a presentarse solo? ?Ah, t?o; voy a agarrarlo de una oreja y a llevarle a bordo del junco!
El joven iba a poner en pr?ctica su amenaza; pero el Capit?n le detuvo.
--D?jame a m?, Cornelio--le dijo--. De seguro no est? solo, y detr?s de esas rocas puede esconderse una tribu. T?, Van-Horn, re?ne a los chinos junto a las chalupas, y vosotros, sobrinos, a la lantaca.
Mientras la tripulaci?n se retiraba precipitadamente hacia la playa, para estar pronta a embarcarse, el Capit?n, con el fusil cargado en la mano, se acerc? al salvaje, que le miraba insolentemente, como si estuviera seguro de s? propio.
--?Qu? quieres?--le pregunt?, empleando el mismo lenguaje de que el antrop?fago se hab?a antes servido.
--Entonces la tribu de los Wawamas te dar? batalla.
--Y ?eres t? quien lo dice?
--?Pues, toma, canalla!
Van-Stael, de una guantada, que reson? como un latigazo, arroj? al suelo al antrop?fago. Despu?s, agarr?ndole fuertemente por los brazos, le arrastr? hacia las chalupas.
--Ata a este hombre y ll?vale a bordo del junco--dijo, dirigi?ndose a Van-Horn--. Lo tendremos prisionero hasta que acabe la pesca, y as? le impediremos noticiar a su tribu que nos ha declarado la guerra.
--Lo atar? con quince metros de cuerda muy fuerte--dijo el marinero--. Veremos si es capaz de escaparse de la cala.
--Y ?no nos traer? esto complicaciones, t?o?--pregunt? Hans.
--Es probable que sus s?bditos le busquen, pues se trata de un jefe; pero tal vez ignoran que nosotros estamos aqu?, y pueden llevar sus indagaciones por otro lado--respondi? el Capit?n--. Adem?s, no permaneceremos mucho tiempo en esta bah?a si la pesca sigue siendo tan abundante.
--En las islas de Eduard Pellew hay muchas, y m?s tarde pasaremos por ellas para completar el cargamento.
--Y, por otra parte--arguy? Cornelio--, si los salvajes vienen a molestarnos, nos defenderemos.
--?Bien, muchacho!--le dijo, sonriendo, el Capit?n--. Eres un hombre valiente.
--Y yo no me quedar? atr?s, y pelear? a tu lado--dijo Hans, empin?ndose para parecer m?s alto.
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