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Read Ebook: La guardia blanca novela histórica escrita en inglés by Doyle Arthur Conan Iribas Juan L Translator

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Ebook has 1813 lines and 97688 words, and 37 pages

--?? qu? ese espanto, rubio querub?n? pregunt? el otro.

--No os extra?e mi sorpresa, repuso por fin Roger. No hab?a visto un juglar en mi vida y mucho menos esperaba contemplar en el aire dos pares de piernas danzando misteriosamente. ?Pues y el saltar sobre vuestros cr?neos? Bien quisiera saber por qu? hac?is cosas tan extraordinarias.

--Dif?cil es la respuesta, y ? buen seguro que si de m? dependiera no volver?ais ? verme andando cabeza abajo, tragando estopa encendida ni tocando el la?d con los pies, para entretenimiento de mirones y espanto de tiernos pajecillos como vos.... Pero ?qu? veo? ?Un frasco! ?Y lleno, lleno "del rico zumo de las dulces uvas"! ?Decomiso!

Y haciendo y diciendo se apoder? de la botella de vino que el hermano despensero regal? ? Roger y que ?ste llevaba en el entreabierto zurr?n. Beberse la mitad del vino fu? obra de un instante para el juglar, que despu?s pas? el frasco ? su compa?ero. Apenas lo agot? ?ste hizo adem?n de trag?rselo, con tanta verdad que asust? ? Roger; despu?s reapareci? el evaporado frasco en la diestra del juglar, que lanz?ndolo en alto lo recibi? sobre la pantorrilla izquierda, de la cual pareci? extraerlo para present?rselo ? Roger, acompa?ado de c?mica reverencia.

--Gracias por el vino, mocito, dijo; es de lo poco bueno que hemos probado en largos d?as. Y contestando ? vuestra pregunta, os diremos que nuestra profesi?n nos obliga ? inventar y ensayar continuamente nuevas suertes, una de las cuales y de las m?s dif?ciles y aplaudidas hab?is presenciado. Venimos de Chester, donde hemos hecho la admiraci?n de nobles y plebeyos y nos dirigimos ? las ferias de Pleyel, donde si no ganamos muchos ducados no nos faltar?n aplausos. De m? os aseguro que dar?a buen n?mero de ?stos por uno de aquellos. ? por otro trago de vuestro riqu?simo vino. Y ahora, amiguito, si os sent?is en aquella piedra, nosotros continuaremos nuestro ensayo y vos pasar?is el rato entretenido.

H?zolo as? Roger, quien not? entonces los dos enormes fardos que formaban el equipaje de los juglares y que por lo que dejaban ver conten?an jubones de seda, cintos relucientes y franjas de oropel y falsa pedrer?a. Junto ? ellos yac?a una vihuela que Roger tom? y empez? ? tocar con gran maestr?a, mientras los acr?batas continuaban sus sorprendentes ejercicios. No tardaron ?stos en tomar el comp?s de la vihuela y era cosa de verlos con los pies en el aire, bailando sobre las manos, con tanta presteza y facilidad como si toda la vida hubiesen andado en aquella postura.

--?M?s aprisa, m?s aprisa! gritaban al ta?edor, que los complac?a ri?ndose ? carcajadas.

--?Bravo, don alfe?ique! exclam? por fin uno de los danzantes, dej?ndose caer rendido sobre la hierba.

--?Por vida de! Muy callado lo ten?ais, se?or m?sico, dijo el otro imit?ndolo. ?D?nde aprendisteis ? ta?er de tal suerte?

--Lo que acabo de tocar lo aprend? yo solo, sin m?sica ni maestro, por haberlo o?do varias veces all? en Belmonte, de donde vengo.

--?El diablo me lleve si no sois vos el auxiliar que nos hace falta! dijo el juglar que parec?a de m?s edad. Tiempo hace que busco un vihuelista, flautista, ? lo que sea, que nos acompa?e y pueda tocar de o?do, y vos lo ten?is magn?fico. Venid con nosotros ? Pleyel, que no os ha de pesar, ni os faltar?n algunos ducados, buena cerveza y mejor humor mientras sigamos juntos.

--Sin contar con que jam?s hemos tenido cena sin una buena tajada de carne en el plato y vos no ser?is menos. Por mi parte os prometo media azumbre de vino los domingos, mientras estemos en poblado, dijo el otro. Es gasc?n y del a?ejo, agreg? gui?ando un ojo para dar m?s valor ? su oferta.

--No, no puede ser, contest? el joven. Otro es mi destino y si he de llegar ? ?l en saz?n no puedo permitirme muchas paradas tan largas como ?sta. Con Dios quedad.

Dicho esto se alej? apresuradamente, sin atender ? las repetidas ofertas de los juglares, quienes por fin se despidieron de ?l dese?ndole buena suerte. La ?ltima vez que los vi?, antes de doblar un recodo del sendero, el m?s joven de los saltimbanquis se hab?a subido sobre los hombros de su compa?ero y desde aquella altura lo saludaba con dos banderolas de chillones colores, que agitaba sobre su cabeza.

Roger les hizo un adem?n de despedida y emprendi? sonriente el camino de Munster.

Extra?os y en gran manera interesantes le parec?an todos aquellos variados incidentes de su jornada. Las pocas horas pasadas desde que abandon? el apacible claustro le hab?an procurado m?s emociones que un a?o de vida en Belmonte. Se le hac?a incre?ble que el fresco pan que iba comiendo con placer fuese reciensalido de los hornos de la abad?a.

No tard? en dejar el terreno monta?oso cubierto de arbolado y se hall? en la vasta llanura de Solent, cuyos campos esmaltados de florecillas multicolores presentaban aqu? y all? grupos verdes ? bronceados de ondulantes helechos. ? la izquierda del viajero y no muy lejos continuaba el espeso bosque, pero la senda diverg?a r?pidamente de ?l y serpenteaba por el valle. El sol pr?ximo ? su ocaso entre purpurinas nubes, iluminaba con luz suave los alegres campos y rozaba de soslayo los primeros ?rboles del bosque, poniendo entre las ramas toques inimitables de oro y rojo. Admir? Roger el bell?simo paisaje, pero sin detenerse, porque seg?n sus informes lo separaba todav?a una legua larga del primer mes?n donde se propon?a pasar la noche. Lo ?nico que hizo fu? dar algunos mordiscos al pan y al apetitoso queso que llevaba de repuesto.

Por aquella parte del camino se cruz? el viajero con buen n?mero de personas. Vi? primero ? dos frailes dominicos de negros h?bitos, que pasaron sin mirarle siquiera, fija la vista en el suelo y murmurando sus oraciones. Sigui?les un obeso franciscano, mofletudo y sonriente, que detuvo ? Roger para preguntarle si no hab?a por all? cierta venta famosa por sus tortas de anguilas; y como el joven le contestase que siempre hab?a o?do poner por las nubes los guisos de anguilas de Solent, el epic?reo padre tom? el camino de aquel pueblo relami?ndose de gusto. Poco despu?s vi? venir nuestro viajero ? tres segadores que cantaban ? voz en cuello, con acento y jerga tan diferentes de cuanto hasta entonces hab?a o?do en su convento, que m?s bien le parecieron hombres de otra raza expres?ndose en lenguaje b?rbaro. Llevaba uno de ellos una garza que hab?an cogido en la ci?naga vecina y se la ofreci? ? Roger por dos cornados. Excus?se ?ste como pudo y se alegr? de dejar atr?s ? los cantantes, cuyos enmara?ados cabellos rojos, afiladas hoces y risa brutal los hac?an nada gratos compa?eros de viaje y menos para encontrados al caer la noche en campo raso.

M?s peligroso que aquellos alegres campesinos demostr? ser un macilento pordiosero que le sali? al encuentro poco despu?s, supliendo con una muleta la pierna que le faltaba. Aunque endeble y humilde al parecer, no bien hubo pasado Roger sin depositar en el grasiento sombrero la moneda que le ped?a, oy? el grito de rabia del miserable y una blasfemia atroz, seguida de una pedrada que si hubiera acertado ? nuestro h?roe en la cabeza habr?a puesto probablemente fin ? sus aventuras. Por suerte la piedra pas? roz?ndole una oreja y fue ? dar violentamente contra un ?rbol cercano. Detr?s de su tronco se guareci? Roger de un salto y desde all? efectu? su retirada ocult?ndose entre la maleza, sin volver al sendero hasta que hubo puesto buen trecho entre su persona y el andrajoso energ?meno. ?bale pareciendo que en Inglaterra no hab?a m?s protecci?n de vidas y haciendas que la que cada cual pudiese proporcionarse con sus propios pu?os ? con la ligereza de sus piernas. ?D?nde estaba la ley, aquella ley de que hab?a o?do hablar en el claustro, superior ? prelados y barones y de la cual no ve?a indicio ni se?al? Sin embargo, no deb?a de ocultarse el sol aquel d?a sin que Roger viese por s? mismo un ejemplo inolvidable de la ley dur?sima de aquella ?poca y de la m?s pronta distribuci?n de justicia que jam?s presenciaron ojos humanos.

En el centro del valle hab?a una hondonada por la que corr?an las aguas de cristalino arroyuelo. ? la derecha del camino, en el punto donde cruzaba el arroyo, ve?ase un informe mont?n de piedras, acaso un antiguo t?mulo, que desaparec?a casi por completo bajo los brezos y helechos. Buscando estaba Roger el vado cuando vi? venir por el lado opuesto ? una pobre mujer cargada de a?os y achaques, que por dos veces trat? in?tilmente de poner el pie sobre una ancha piedra plana colocada en medio del arroyo. Roger la vi? sentarse desalentada en el ribazo y cruzando el vado se le acerc? y le ofreci? ayudarla.

--Venid, buena mujer; el paso no es tan dif?cil como parece.

--No puedo, doncel; la edad ha nublado mis ojos y aunque s? que hay una piedra en el vado, no acierto ? verla.

--Pues por eso no ha de quedar, dijo Roger; y tomando en brazos ? la enjuta viejecilla la traslad? prontamente ? la otra margen. Muy d?bil y anciana parec?is para viajar sola, continu? cuando la vi? vacilar y caer de rodillas. ?Ven?s de muy lejos?

--De Balsain, donde dej? mi arruinada casuca tres d?as h?. Voy en busca de mi hijo, que es montero del rey en Corvalle y me ha ofrecido cuidar de m? estos ?ltimos d?as de mi vida.

--Deber suyo es hacerlo, que vos cuidasteis de ?l en su ni?ez. Pero ?hab?is comido? ?Llev?is provisiones?

--Tom? un bocado al rayar el d?a, en el ventorrillo de Dun?n.... Pero all? dej? tambi?n la ?ltima moneda que me quedaba y por eso necesito llegar esta misma noche ? Corvalle, donde nada me faltar?. ?Si vierais ? mi hijo, tan arrogante, tan generoso! Olvido mis tribulaciones al figur?rmelo con su verde sayo de montero, bordadas sobre el pecho las armas del rey.

--Grande es la tirada de aqu? ? Corvalle, sobre todo para vos y ya casi de noche. Pero aqu? ten?is un poco de pan y queso y tambi?n algunos sueldos para que con ellos complet?is vuestra cena en el primer mes?n. ? Dios quedad.

--?l os guarde, generoso mancebo, dijo la viejecilla alej?ndose y menudeando sus bendiciones.

Al volverse Roger para emprender la marcha descubri? lo que hasta entonces no hab?a reparado; que su breve entrevista con la pobre mujer hab?a tenido testigos. Eran ?stos dos hombres, ocultos hasta entonces entre los brezos que cubr?an el mont?n de piedras antes citado y que abandonando su escondrijo se dirig?an hacia la hondonada. Uno de ellos, viejo de andrajosos vestidos, inculta barba y retorcida nariz, ten?a m?s apariencias de bandido que de caminante; el otro era uno de los pocos negros que hab?a en Inglaterra por aquella ?poca, y Roger contempl? asombrado los abultados labios y grandes y blancos dientes que hac?an resaltar la negrura de la tez. Pero el aspecto de ambos desconocidos era tan sospechoso que Roger crey? prudente subir el ribazo y tomar el camino ? buen paso, ? fin de evitar su encuentro. No le siguieron los otros, pero antes de alejarse gran espacio oy? las voces de socorro que daba la vieja, detenida en medio del camino por ambos bribones, que la despojaban apresuradamente de las monedas que ?l le hab?a dado, de su mant?n de lana y de la cestilla que en la mano llevaba. Solt? Roger el zurr?n y empu?ando su herrado garrote volvi? atr?s, cruz? el arroyo de un salto y se dirigi? ? todo correr hacia el grupo que formaban los salteadores y su v?ctima.

Pero aqu?llos no parec?an dispuestos ? ceder el campo, pues vi?ndole venir el negro, sac? un reluciente cuchillo y lo esper? ? pie firme; el otro empu?o su nudoso bast?n y entre amenazas y maldiciones invit? ? Roger ? acercarse. Ning?n peligro hubiera detenido en aquel momento al denodado joven, de ordinario tan comedido y pac?fico, pero cuyo semblante indicaba que la indignaci?n y la c?lera lo cegaban, convirti?ndolo en temible adversario. Llegado frente al negro, le descarg? tan furioso garrotazo que solt? el cuchillo y huy? lanzando gritos de dolor. Al verlo el viejo, se abalanz? sobre Roger y rode?ndole fuertemente la cintura con ambos brazos, grit? al otro que apu?aleara ? su enemigo por la espalda. Acerc?se el negro, recogi? su arma y Roger crey? llegada su ?ltima hora, si bien no dej? de hacer vigorosos esfuerzos para derribar ? su adversario, cuya garganta apretaba con furia mientras forcejeaban ambos de uno ? otro lado del camino. En aquel momento supremo se oy? claramente el galope de numerosos caballos sobre las piedras y casi al mismo tiempo una exclamaci?n de terror del negro, que huy? ? todo correr y no tard? en ocultarse entre la maleza. El otro bandido, cuyos ojos delataban el miedo que se hab?a apoderado de ?l, hizo esfuerzos desesperados por rechazar ? Roger, pero ?ste logr? al fin derribarlo y sujetarlo firmemente, contando recibir pronto refuerzo.

Los jinetes llegaban ? todo correr, precedidos por el que parec?a ser jefe de la partida, que montaba un hermoso caballo negro y vest?a fino sayo de vellor?, cruzado el pecho por ancha banda de rojo color recamada de oro y cubierta la cabeza con un birrete de blancas plumas. Segu?anle seis ballesteros, con jubones de pa?o buriel, cintos de baqueta, capacetes sin plumas y ? la espalda ballesta y saetas. Bajaron la cuesta, cruzaron el vado y en pocos momentos llegaron al lugar de la lucha.

--?Aqu? est? uno de ellos! exclam? el jefe, echando pie ? tierra y sacudiendo al bandido por el cuello. ? ver las cuerdas, Pedro, y que lo ates de pies y manos de manera que no vuelva ? escurrirse. Le ha llegado la hora y ?por San Jorge! que de esta vez las pagar? todas juntas. ?Qui?n sois, joven? pregunt? ? Roger.

--Un amanuense de la abad?a de Belmonte, se?or.

--?Ten?is carta ? papel que lo acredite? ?No ser?is uno de tantos pordioseros como infestan estos caminos?

--H? aqu? las cartas del abad de Bergu?n. No necesito pedir limosna, dijo el joven algo ofendido.

--Tanto mejor para vos. ?Sab?is qui?n soy?

--No, se?or.

--? tiempo lleg?is, se?or, dijo Roger inclin?ndose ante el personaje. Unos momentos m?s y s?lo hubierais hallado aqu? mi cad?ver y quiz?s tambi?n el de esta pobre mujer.

--?Pero nos falta el otro! exclam? el corregidor. ?No hab?is visto ? un negro? Era el c?mplice de ese ladr?n y juntos hu?an....

--El negro escap? en aquella direcci?n al oiros, dijo Roger se?alando hacia las piedras del desmoronado t?mulo.

--Se esconde en la maleza y no puede estar lejos, dijo uno de los ballesteros preparando su temible arma. Desde que llegamos he estado vigilando los alrededores. ?l sabe que con nuestros caballos lo alcanzar?amos en un santiam?n y se guardar? de huir.

--?Pues ? buscarlo! Nunca se dir? que un criminal de su laya escap? al corregidor de Southampton y ? sus ballesteros. Dejad ? ese bandido tendido en el polvo. Y ahora, muchachos, formad en l?nea, ? bastante distancia uno de otro, y empiece el ojeo; aprestad las ballestas y yo os procurar? caza como el mismo rey no puede tenerla. Norris, aqu?, ? la izquierda; Jacobo el Rojo ? la derecha. Eso es. Mucho ojo con los matorrales, y un cuartillo de vino para el buen tirador que acierte ? la pieza.

El negro se hab?a deslizado entre los brezos hasta llegar al derruido monumento, tras cuyas piedras se escondi?; al poco rato quiso averiguar lo que hac?an ? proyectaban sus perseguidores, ? quienes vi? separarse formando extensa l?nea y adelantar por la maleza en la direcci?n que ?l hab?a tomado y que les hab?a indicado Roger. Aunque el fugitivo asom? la cabeza lo m?s prudentemente posible, el ligero movimiento de unos helechos bast? para denunciar su presencia al corregidor, que en aquel momento miraba fijamente la eminencia formada por las piedras y el matorral que en parte las cubr?a.

--?Ah, bellaco! grit? el funcionario sacando la espada y se?al?ndolo ? sus soldados. ?All? le ten?is! ?? pie firme, ballesteros! Ya abandona su guarida y corre como un gamo. ?Tirad!

As? era en efecto, porque al oir el negro las voces del corregidor y verse descubierto, emprendi? la fuga ? todo correr.

--Apunta dos varas ? la derecha, muchacho, dijo un ballestero veterano, inmediato ? Roger.

--No, apenas hay viento; con vara y media basta, contest? su compa?ero, soltando la cuerda de su ballesta.

Roger se estremeci?, porque el acerado dardo pareci? atravesar de parte ? parte al fugitivo. Pero ?ste sigui? corriendo.

--Dos varas te digo, bodoque, coment? el viejo ballestero, apuntando con tanta calma como si tirase al blanco.

Parti? silbando la mort?fera saeta y se vi? al negro dar de repente un enorme salto, abrir los brazos y caer de cara al suelo, donde qued? inm?vil.

--Debajo de la espaldilla izquierda, fu? lo ?nico que dijo su matador, adelant?ndose ? recobrar su dardo.

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